viernes, 30 de agosto de 2013

EL DOLOR, EL HOMBRE, DIOS LIBRO DE JOB Capítulo III

EL DOLOR, EL HOMBRE, DIOS

LIBRO DE   JOB Capítulo III : EL SUFRIMIENTO DEL HOMBRE JUSTO.



Libro de Job I   (Versión de la Biblia de Jerusalén)

En el siglo IV A.C., posible fecha de creación del libro de Job,  Atenas  escucha a Platón y su teoría del mundo de las ideas, el Cercano Oriente es objeto de una multiplicidad de influencias,  entre ellas se destaca la doctrina de la sabiduría. Los judíos retornados del exilio vuelven a sus tierras,  cruce entre Occidente y Oriente, tierra de pasaje y de mezcla de razas e ideas. La unidad del pueblo judío, se mantiene basada en la religión, gracias a la férrea reforma religiosa de  Esdrás y Nehemías.
El tema  de la existencia como sufrimiento sin explicación aparece según J. Stienmann tres veces dentro del Antiguo Testamento: Jeremías, el Servidor de Yahveh y Job
En esta época, entra en crisis la teoría de la retribución terrenal y no hay respuesta al porqué del dolor. La retribución terrena decía que el justo recibe su recompensa    en la tierra durante su  vida, como el malvado su castigo.
El Sheol era solo un reino donde iban las almas luego de la muerte, semejante al Hades griego. Los amigos de Job siguen la ortodoxia y mantienen esta doctrina, la recompensa o castigo se da en vida.
El Prólogo  del libro, bajo la forma de relato, sitúa al personaje en tiempo indefinido “había” y en  lugar “Us” cerca de Edom. Nos da su nombre, sin significado, algo poco frecuente en la etimología hebrea, ampliando la visión del mundo judío a todo el Cercano Oriente.
“Hombre cabal y recto que temía a Dios y se apartaba del mal” Solo en tres personajes, aparte de Job,  vamos a ver esta fórmula de perfección: Ezequiel, Noé y Daniel”
Además de su conducta intachable, Job es sacerdote. Realiza sacrificios  a Yahvéh por cada uno de sus hijos para purificarlos. Dentro de la doctrina, retribución terrena, Job goza de poder, el número perfecto  de hijos: diez, siete varones y tres mujeres; su rebaño es de siete mil ovejas, tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes. Recibe la compensación perfecta a su conducta intachable. La primera escena del prólogo crea sensación de calma, de vida hecha y sostenida por la virtud y fidelidad a Dios
La segunda transcurre en el cielo, y aparece el problema con Satán, hijo de Yahvéh. Se presenta con sus hermanos  y sugiere que la creación es imperfecta porque la mejor criatura: el hombre lo es. Satán no representa al mal, ni siquiera es antagonista de Dios, solo que a diferencia de los otros, duda de la fe del hombre considerándolo interesado.
Yahvéh defiende su creación con Job, como hombre “cabal…” Y Satán argumenta los beneficios que tiene. Propone una apuesta, jugando, uno por la fidelidad y el otro por la maldición. Así se rompe el equilibrio de la retribución porque Dios permite mientras esté en la tierra el despojo, primero serán los bienes materiales e hijos en este orden. Pero  Job se mantiene, cumple el ritual de duelo y bendice el nombre de Yahvéh. Ya sabemos  en la literatura bíblica, el nombre y el ser son la misma entidad.
 La actitud es de una grandeza que amerita el verso, el narrador deja el lenguaje prosaico “Yahvéh dio, Yahéh quitó…” Aún frente a la mayor pérdida de un hombre, el hijo, aquí son todos, Job acepta la voluntad de Dios y su derecho a quitarle lo dado. Satán pierde
Luego, en la siguiente escena en el cielo, se profundiza la apuesta, enfermando a Job, no de  cualquier enfermedad sino atacando su piel. Esto lo demuestra impuro, pecador  según las creencias religiosas. Se consideraba la enfermedad en la piel como castigo por una falta grave. Job está tranquilo, él no ha pecado y acepta con resignación, la humillación de ir a la basura, de rascarse desde la coronilla a los pies   Aquí la mujer de este sigue el rumbo que Satán esperaba en el personaje induciéndolo a la maldición y posterior muerte. Pero este vuelve a conmovernos con su lealtad, “si aceptamos de Dios el bien, ¿no aceptaremos el mal?” Su fidelidad va más allá y acepta el dolor como antes la felicidad.
¿Qué es lo que sacude entonces al personaje para el cambio? La llegada de los amigos, su ritual de penitencia o duelo y fundamentalmente su silencio de siete días con sus noches.
En el Antiguo Testamento, el siete es número de perfección, indica un período completo. Job esperó que este se cumpliera para entender que sus amigos lo consideraban pecador, muerto. Aquellos con los que habría compartido, tal vez, muchas discusiones sobre el destino del ser humano. Los que le conocían en profundidad no le dieron oportunidad de defensa, Fue el reo, desfigurado por la enfermedad, que no puede defender su causa después de haber demostrado en dos ocasiones su piedad y aceptación de la voluntad divina. El silencio marca la injusticia y doblega a Job. Puede aceptar que le quiten lo dado, que le enfermen, pero no que lo juzguen sin defensa, No, un Dios injusto, que lo permita.
   “Después de esto, abrió Job la boca y maldijo su día…  ¡Perezca el día en que nací,//   y la noche que dijo :”un varón ha sido concebido”
  Rompe el silencio para maldecir, no a Dios sino a su obra: su vida. Va al género más antiguo y brutal de la literatura semítica, entroncado con la magia y los poderes ocultos.
El personaje que ya veíamos transformarse en arquetipo de un comportamiento religioso se vuelve un hombre herido y crece su grandeza. El autor trabaja un paralelismo de composición, si bien los términos son antitéticos, el concepto no se opone, se complementa. Quiere la aniquilación total, primero de su nacimiento y luego va más lejos, de su concepción. No quiere la vida ni siquiera dentro del claustro materno.
Día y noche son personificados para poder eliminarlos del calendario. Él, cultor de la luz y la sabiduría, llama la oscuridad para borrarlos: tinieblas, sombras, eclipse, el olvido de Dios.  Para la noche, llega más lejos, la ensordece a los “clamores de alegría” Llama a los hechiceros “los dispuestos a despertar a Leviatán” Leviatán aparece como el dragón primitivo o la serpiente, conocido también en los textos de Ugatit, permeabilidad  cultural entre los pueblos semitas. Luego reaparecerá en El apocalipsis de San Juan. Nuevo Testamento.
Ahora se explica la razón de la maldición y entronca en nuestro tema: “Porque no me cerró las puertas del vientre donde estaba//ni ocultó a mis ojos el dolor” La metáfora continúa el llamado a la oscuridad, si se abren las puertas del día, llega la luz, se anota en el calendario y él recibe la vida.
Pero el día le transfiere junto a la vida la capacidad de ver el dolor. No solo sufrirlo sino saber, ver con sus ojos, la injusticia del mismo. Siglos más tarde clamará Rubén Darío “…pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo//ni mayor pesadumbre que la vida consciente”            
  Si fue gestado por qué no sufrió la muerte inmediata luego del nacimiento “Pues ahora estaría acostado y tranquilo…”
Como después de la catarsis de la tragedia griega, viene el conocimiento, y la proyección del destino del ser humano, Job plantea por qué dar la vida si esta implica sufrir
“¿Para qué dar la luz a un desdichado,…?”La luz como imagen positiva de vida, de don, de alegría  contrasta con la oscuridad y el dolor. El sentido de la existencia queda cuestionado, sin respuesta.
Hay un tercer planteo, la muerte. Si la vida es dolor no vale la pena prolongarla. La muerte pierde la negatividad y se transforma en cesación del sufrir. Es descanso y se la anhela como un tesoro.
Pero tampoco se le otorga y surge la responsabilidad divina que el lector conoce desde el Prólogo. Sabe quien mandó el sufrimiento y quien lo consintió “…a  un hombre cuyo camino está cercado,// a quien Dios por todas partes cerca” Se enfrentan la realidad anterior de Job mencionada por Satán “ “¿No has levantado tú una valla entorno a él, su casa y todas sus posesiones?” Dos situaciones opuestas, tener todo, perder todo. Pero el dolor de Job va más profundo, Aceptó tanto los bienes, como la felicidad, pero también lo contrario el despojo y el mal. El cerco es sentirse acorralado por un Dios injusto que lo muestra pecador a los ojos del mundo cuando no lo es.
El desconcierto por esta nueva situación que le lleva a ver la vida de otra forma sin el mundo ordenado por la respuesta religiosa. El temor que se asocia al dolor: "Porque si de algo tengo miedo, me acaece,// y me sucede lo que temo” El paralelismo sinonímico muestra esta sensación de sentirse perseguido por la mano de un Dios que se ensaña con él. Basta pensar en algún mal para que le ocurra.
Un hombre que vivió bajo el amparo y la tranquilidad de sus creencias, en la vejez ve cambiar todo sin explicación.

“No hay para mí tranquilidad ni calma//no hay reposo: turbación es lo que llega”

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